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7 creencias que arrastramos desde la infancia y nos “discapacitan” emocionalmente

Los aprendizajes de nuestra infancia tienen profundas implicaciones a lo largo de nuestra vida. Si crecimos en un hogar emocionalmente negligente en el que nuestros padres no validaban nuestras emociones, es probable que hayamos aprendido a ocultarlas o, incluso, nos avergonzaremos de ellas. Si no somos conscientes de esa especie de “discapacidad”, corremos el riesgo de arrastrarla a nuestra vida adulta, dejando que influya en nuestro equilibrio emocional y afecte a las relaciones que establecemos con las personas que amamos.

Lo que aprendemos de niños nos sigue el resto de nuestras vidas. Por eso, es importante aprender a gestionar nuestras emociones

Para deshacernos de esas creencias limitantes, necesitamos comprender cuál es su origen y cómo se instauraron. No obstante, el primer paso consiste en detectarlas, ser conscientes de que en realidad muchos de los pensamientos negativos recurrentes que nos limitan no son nuestros, sino que se tratan de ideas que nos “implantaron” en la infancia y que nunca más cuestionamos.

“Muchos de nosotros, la mayor parte del tiempo no nos escuchamos, sino que escuchamos las voces introyectadas de mamá, papá, el sistema, los mayores, la autoridad o la tradición”. —Abraham Maslow

Las 7 creencias de nuestra infancia que nos discapacitan emocionalmente

1. La felicidad no existe

Es triste, pero muchas personas creen que la felicidad no existe y, por ende, se resignan a llevar una vida más o menos gris, con azarosas pinceladas de colores. Cuando crecemos con esta idea desde la infancia, cuando pensamos que el mundo es un lugar hostil en el que no podemos aspirar a nada más que a pequeños momentos de alegría, seremos más propensos a encerrarnos en nuestra zona de confort y perder el espíritu aventurero que nos anima a descubrir cosas nuevas. Creer que hemos nacido para vivir en un valle de lágrimas nos hace más vulnerables a la indefensión aprendida, la cual terminará bloqueando nuestras posibilidades de desarrollo, convirtiéndose así en una profecía que se autocumple.

Cuando crecemos con la idea de que la felicidad no existe, será muy difícil que tengamos una vida plena

“La mayoría de las personas son tan felices como ellas mismas deciden ser”. —Abraham Lincoln

2. Tus necesidades no son importantes

Algunos adultos, en el intento de disciplinar a los niños o quizá intentando que desarrollen una “fortaleza de carácter”, ponen en práctica una educación espartana en la que satisfacen las necesidades básicas infantiles, pero dejan insatisfechas otras que son igualmente importantes, como la necesidad de atención, apoyo y cariño. Estos niños captan rápidamente el mensaje: sus necesidades emocionales no son importantes. Sin embargo, este tipo de educación tiene un efecto contrario, ya que estos niños no se convertirán en adultos más resilientes sino que serán dependientes, no sabrán defender sus derechos y buscarán continuamente la aprobación de los demás en un intento por satisfacer esa necesidad de afecto.

3. Eres demasiado sensible

Un niño nunca es demasiado sensible, solo tiene que aprender a gestionar sus emociones y los padres tienen que aprender a validarlas

Cuando somos niños, a veces reaccionamos de manera exagerada ante aquellas cosas que nos molestan, disgustan o atemorizan. Por desgracia, algunos padres no prestan atención a las reacciones emocionales de sus hijos y, en vez de validar sus sentimientos y ayudarles a expresarlos de manera más asertivas, les dicen que el problema es que son “demasiado sensibles”. Sin embargo, cuando los adultos ignoran y menosprecian las emociones de los niños, estos desarrollarán la tendencia de juzgarse por lo que sienten, llegando a creer que esos sentimientos son inadecuados y que existe algo mal en ellos por reaccionar de esa manera. De esta forma, convertimos las emociones en problemas.

4. No agobies a los demás con tus problemas

Hay ocasiones en la vida en las que necesitamos la ayuda de los demás. Sin embargo, si desde pequeños nos enseñaron a guardarlo todo en nuestro interior porque no debemos molestar a los demás con nuestros problemas, creeremos que buscar ayuda significa que somos débiles.

Un estudio muy interesante realizado en medio de la guerra de Bosnia destierra este mito. Los investigadores descubrieron que los niños más resilientes y que mejor afrontaban la adversidad eran precisamente aquellos que tenían mayores capacidades para pedir ayuda y conectar con los demás.

5. Llorar es de débiles

A veces no se llora por debilidad, sino por haber sido muy fuertes durante demasiado tiempo. Sin embargo, si cuando éramos niños nuestros padres nos decían que no debíamos llorar porque era de débiles, es probable que terminemos avergonzándonos de nuestras lágrimas. No obstante, el llanto es profundamente catártico: el 70% de las personas reconocen que se sienten mucho mejor después de llorar. No es casualidad, investigadores de la Universidad de Tilburg explican que el llanto nos ayuda a liberarnos de las emociones negativas, ya que provoca una disminución de la frecuencia respiratoria, lo cual hace que nos sintamos más tranquilos.

Si llorar es malo, ¿por qué el 70% de las personas reconocen que se sienten mucho mejor después de llorar?

“Llorar no indica que eres débil. Desde el nacimiento, siempre ha sido una señal de que estás vivo”. —Charlotte Brontë

6. Tu opinión no cuenta

Algunos padres excluyen totalmente a los niños de las decisiones, incluso aquellas que les atañen directamente. Estos padres suelen pensar que su experiencia les permite saber lo que es bueno para el niño, por lo que nunca piden su opinión. De esta forma, el pequeño no solo crece sintiéndose excluido de la dinámica familiar, sino que desarrolla una baja autoestima y cree que sus opiniones no son dignas de ser tomadas en consideración. Como resultado, es probable que se convierta en un adulto incapaz de defender sus puntos de vista que se somete a la voluntad del grupo.

7. No debes enfadarte

Casi todos hemos escuchado esta frase en más de una ocasión. Cuando nos enfadábamos, nuestros padres nos decían que no debíamos enojarnos. De esta forma, no solo aprendimos que la ira es una emoción negativa que debemos evitar, sino que cuando la experimentamos nos sentimos profundamente culpables, hasta el punto de creer que somos malas personas. Sin embargo, la ira es una emoción tan válida como cualquier otra que podemos experimentar cuando somos víctimas de una injusticia, lo importante es saber cómo gestionarla. De hecho, una investigación realizada en la Universidad de Utrecht demuestra que el enfado puede ayudarnos a alcanzar nuestros objetivos ya que nos mostramos más decididos y nos esforzamos más para conseguirlos. Eso significa que no hay emociones negativas, sino mal gestionadas o expresadas.

¿Cuántas de estas creencias arrastras desde la infancia? ¿Te sientes identificado?

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