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Vivir en la cara amable de la sociedad de consumo

Vivimos en la cara amable de la sociedad de consumo. Escaparates, moda, ofertas, entretenimiento… Paseamos por calles llenas de tiendas y nos metemos en enormes centros comerciales, y nos dejamos distraer por las luces de colores y esos carteles gigantes que anuncian rebajas. Y entramos y salimos de los establecimientos, y repasamos cada rincón de sus estanterías. Buscando eso que no necesitamos. Deseando tenerlo para saciar un impulso incontrolable que nace de la televisión y la publicidad.

Ilustración de un centro comercial. Fuente: Art and Design Studios

Ese impulso que en Occidente nos lleva al consumismo es el que permite, al mismo tiempo, que se mantenga la explotación en otros países. En la fábrica del mundo, situada especialmente en el sur y este de Asia (en un enorme arco que viaja desde Pakistán hasta el norte de la costa china), las únicas rebajas que conocen los trabajadores son las que sufren sus salarios. Es la cara oscura de la sociedad de consumo.

Ya hemos hablado en otras ocasiones de esta problemática desde un punto de vista ambiental y sanitario y tratando de descubrir quién fabrica lo que llevamos puesto. Normalmente, los análisis sobre los efectos negativos del consumismo se enfocan en ese tercer mundo que efectivamente sufre la explotación laboral, las malas condiciones de trabajo y donde no se disfruta del consumo. Pero en esta ocasión nos preguntamos: ¿realmente se disfruta del consumo?

Viendo el siguiente vídeo se nos plantea que los que viven esclavizados y presos de un sistema injusto son los niños que fabrican zapatos, las mujeres que cosen camisetas y los hombres con salarios ridículos. Siendo esto completamente cierto, es interesante ampliar la visión crítica y añadir: ¿y qué hay de los niños, mujeres y hombres que hacen el papel de compradores compulsivos?, ¿son afortunados por vivir en la cara amable de la sociedad de consumo?

Dejando claro que evidentemente la cara oscura de la sociedad de consumo es mucho más negativa (por eso lo de oscura), enfocar la reflexión sobre la cara amable de esta forma de vida es también interesante. Toda esa gente que se empuja y discute por entrar corriendo al centro comercial, los jóvenes que sienten la necesidad de comprarse esas zapatillas, los adultos que cambian de teléfono para aparentar algo que le han dicho que debe aparentar… todos esos esclavos de la publicidad son también víctimas de este modelo de sociedad. Y son víctimas, aunque vivan en bonitas casas y conduzcan bonitos coches. Son víctimas, aunque sean occidentales.

Cuando el centro comercial es el mejor lugar para nuestro ocio, cuando necesitamos ese móvil nuevo, cuando nos sentimos más seguros llevando la camiseta de marca… es en esos momentos cuando la cara amable de la sociedad de consumo se ha convertido en una cárcel. Es entonces cuando los carteles publicitarios y las luces de colores han conseguido engañarnos.

“Compro, luego existo”. Es la nueva humanidad del S.XXI, atada a la última mejora del aparato electrónico de turno, esperando la nueva colección de primavera, desechando objetos que siguen siendo útiles. Atrapado en la cara amable de un modelo insostenible, injusto y deshumanizador.

La publicidad agresiva y la obsolescencia programada son las tácticas más efectivas de la sociedad de consumo y es muy complicado luchar contra ellas. Sólo con información (siendo conscientes de lo que ocurre) y con sensibilización (sabiendo que el sistema es injusto) es posible plantarse ante este modelo de vida. Una sociedad informada y sensible a la injusticia (social, económica y ambiental) estará más cerca de ser una sociedad libre.

Si se consigue formar a ciudadanos libres de la necesidad de comprar para disfrutar de la vida, se conseguirá acabar con la sociedad de consumo.

Se acabará con la cara amable de la sociedad de consumo (porque no caeremos en la trampa de la publicidad) y, con ello, se conseguirá acabar también con el lado oscuro. No se venderán zapatillas de marca en Occidente, y en Bangladesh y Malasia los niños no tendrán que fabricarlas. Tampoco compraremos el último modelo de smartphone y en las fábricas de la costa china las trabajadoras no serán explotadas.

Está en nuestras manos, en nuestras decisiones diarias. Un cambio en los hábitos de vida en el llamado primer mundo puede significar un cambio en la vida del tercer mundo. Es una gran responsabilidad de la que no podemos huir.

¿Cuánto tiempo más vamos a poder vivir en la cara amable de la sociedad de consumo?

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