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Bajo las reglas del Estado Islámico ni el dolor se puede compartir

Khizir, Kurdistán iraquí, 4 Diciembre 2016 (Notimex).- En el Irak que vive bajo la aterradora amenaza del Estado Islámico los campos de desplazados están divididos por confesiones.

Ni siquiera el dolor se puede compartir. Cristianos con cristianos, yazidíes con yazidíes, chiíes con chiíes, sunitas con sunitas. Miles de ellos, huyendo de Mosul, han encontrado refugio en el campo de Khizir.

Y se espera que el flujo aumente por la perpetuación de los combates en la ciudad iraquí, que desde 2014 está bajo el control de los yihadistas.

A unos 30 kilómetros de Mosul muchos civiles han podido repararse de la violencia que se vive a diario en su ciudad. Actualmente el campo de Khizir, en el pueblo homónimo que se encuentra en el Kurdistán, una región autónoma de Irak, ha llegado a albergar a varios miles de personas.

La ofensiva que lanzaron el 17 de octubre las fuerzas iraquíes contra la segunda ciudad más grande de Irak ha hecho aumentar inevitablemente este grupo de gente desesperada.

“El número de personas desplazadas que hemos recibido en el campo de Khizir asciende a 14 mil, unas tres mil familias. Solo ayer llegaron mil 500 personas. Estamos tratando de hacer todo lo posible para ayudarles, pero la situación sigue siendo muy crítica”, dice Sukhan Khan, director general del campo para desplazados de Khizir.

Este campo es principalmente financiado por la Barzani Charity Foundation, una entidad sin fines de lucro que pertenece a la familia de Masud Barzani, el presidente del Kurdistán iraquí. Una vez los llevan a Khizir a bordo de autobuses que salen de los puntos de recogida para desplazados de los barrios liberados de Mosul, los habitantes del campo no pueden salir.

“Antes de transportar aquí a los civiles -añade Khan-, con el fin de evitar que se hayan infiltrado terroristas entre ellos, el ejército iraquí registra sus nombres y sus datos”.

“También nuestro personal de seguridad toma toda la información relevante acerca de los nuevos desplazados y los registra en una lista especial. Por razones de seguridad, no pueden salir del perímetro. Permanecerán en el campo hasta nuevo aviso”, añade.

La entrada del campo de Khizir parece un bazar al aire libre. Día y noche los vendedores ambulantes muestran sus mercancías a lo largo de la valla. Escobas, detergente, papel higiénico, verduras, dulces, té, café y carbón son sólo algunos de los productos en venta.

También hay una vieja y polvorienta fotocopiadora para los que necesitan una copia de sus documentos. “Dado que la gente de Mosul que vive aquí no puede salir -explica Mohammed, uno de los vendedores que proviene de un pueblo cercano-, yo, igual que otros colegas, me acerco a la valla y ofrezco mis productos.

Cuando el cliente selecciona un objeto, extiende la mano a través de la red y me entrega el dinero”. “Hasta entonces no le entrego el producto.

Lo hago así porque los niños ya me han robado un par de veces. Yo no me aprovecho de esta situación. De hecho, sin los comerciantes como yo los desplazados tendrían solo la poca comida que distribuyen las organizaciones benéficas. Y, en cualquier caso, lo vendo todo a precios no de mercado, sino por debajo del coste”, señala.

El campo de Khizir es tan grande que no se ven sus límites. Y, sin embargo, observando desde fuera el constante flujo de desplazados que llegan, la impresión es que pronto este gran espacio lleno de tiendas ya no podrá recibir a más gente.

Lo mismo ocurre con los otros campos de refugiados dispersos en la región, como el de Assansham. Según las estimaciones más recientes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), desde el inicio de la ofensiva son casi 60 mil los civiles que han huido de Mosul, una ciudad con un millón y medio de habitantes.

En cada tienda de campaña vive una familia que puede llegar a contar incluso con 15 miembros. Cada grupo de tiendas está delimitado por calles sin pavimentar que, con unas pocas gotas de lluvia, se inundan, con lo que se crean unos charcos enormes.

Cada grupo, que incluye unas 30 tiendas, tiene su propio baño, insuficiente para satisfacer las necesidades de un número tan alto de personas.

El frío cortante del desierto, especialmente por la noche, empieza a sentirse. Y, por desgracia, en opinión de los expertos más optimistas, para librar a todo Mosul hará falta todo el invierno y tal vez incluso más.

Muchos de los desplazados quieren hablar de los dos años bajo el control del Estado Islámico y de cómo han logrado escapar ilesos, o casi, de los combates que siguen teniendo lugar en los sectores del noreste de Mosul.

Para ellos, hablar de estos temas es una gran liberación. Fatima, viuda y madre de siete hijos, lo hace con gran vehemencia. “Los de Daesh (el acrónimo árabe para Estado Islámico) pensaban que éramos espías, traidores e infieles.

Creían que pasábamos información a los soldados iraquíes, pero nosotros no hemos hecho nunca algo así”, afirma.

“Con ellos la vida era imposible. Dentro de la ciudad torturaban y mataban a la gente. Desde el techo de los edificios altos tiraban a personas inocentes. Mataban sin hacer distinción de edad, sin mostrar ni una pizca de piedad por nadie”, manifiesta.

Haifa e Ibrahim, una pareja de ancianos que escaparon a pie desde Mosul agitando una bandera blanca y que llegaron a Khizir hace una semana, asienten.

“¿Cómo logramos huir? -explica ella-. Con las bombas que nos caían encima caminamos tanto que seguimos teniendo los pies hinchados”. Dice: “A nuestro alrededor había bombardeos. Bombardeaban las casas y la gente, no sé si eran iraquíes o terroristas.

Por el momento si Dios quiere estamos a salvo. Sólo podemos esperar que un día podamos vivir en paz con nuestros hijos”. Y concluye:

“Son demonios, no se puede razonar con ellos. Han hecho cosas inenarrables. Me escapé de Mosul, mi querida Mosul, no porque tuviese miedo por mí, que soy viejo, sino para que mis hijos y mis nietos estuviesen a salvo”.

“Vimos con nuestros propios ojos cómo enterraban en los jardines de las casas de nuestros vecinos a unas 40 personas entre niños, mujeres y hombres. ¿Y por qué? Por sospechas de un ejército de locos, por acusaciones inexistentes.

No podía permitir que le pasase lo mismo a mi familia. Tan pronto como vuelva a reinar el orden, seré el primero en volver”.

Fuente: Veracruzanos.info

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